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¿Creación o evolución? Nones, mutación.

por Cesárea Cericet

Sabrá el lector informado que la disputa entre creacionistas y evolucionistas ha alcanzado ciertos picos de intensidad en los últimos tiempos. En el ámbito literario, sin dudas, la polémica sobre el origen del principio es esencial y adquiere ribetes épicos. En particular en la fundamental tarea del crítico. Porque si bien un lector cualquiera podrá atribuirse la libertad de agarrar un libro por cualquier lado y andar saltándole rayuelas para aquí y para allá, todo crítico que se precie de tal deberá conocer su objeto de estudio de pe a pa, saber de dónde sale y a dónde va, ser capaz de medirlo de principio a fin. Por consiguiente, en beneficio de una actitud metódica que siempre evita contratiempos, la primera tarea del crítico será delimitar su objeto, incluyendo ésta la necesaria identificación del principio del mismo.

Pero, retomando la cuestión que nos ocupa hoy, una vez determinado el principio queda todavía sin resolver el problema del origen del principio. Revisemos, entonces, las tendencias en debate.

Está, en primer lugar, el creacionismo. Para ellos, está todo dicho, todo fue creado de golpe y porrazo, la gran BIBLIA del canon literario y en adelante no queda más que reformular, parafrasear e interpretar lo ya dicho. Tenemos, entonces, en este ámbito representantes que van desde San Juan de La Cruz hasta Harold Bloom.

En la otra esquina, los evolucionistas, quienes se preguntan: si en el principio fue sólo el verbo, ¿de dónde salieron entonces todas las otras palabras de la biblia, eh? Dicen estos que a partir de un magma sonoro gutural fueron creándose distintas protoliteraturas que evolucionando sin parar llegaron a las que hoy conocemos, habiéndose extinguido muchas de ellas en el camino, y hallándose otras en peligro de extinción.

Quienes atacan a los evolucionistas literarios enarbolan el argumento de que la “evolución” supondría algún tipo de avance o progreso, y señalan que hasta el día de hoy no ha sido posible comprobar en pruebas de laboratorio que la mutación literaria constituya alguna clase de progreso.

La polémica recrudece con el particular caso de la señora María Estela Clara, quien ha dado testimonio de su milagrosa curación a partir de la mera lectura de El extranjero, de Albert Camus. Los creacionistas afirman que, en tanto literatura, El extranjero no es más que la reformulación del gran texto universal, y que en su carácter de tal es vehículo de la palabra divina, que llega así a la señora Clara y la sana. Los evolucionistas, por su parte, alegan que la literatura de Camus encuentra en la señora Clara el medioambiente ideal para su proliferación y se produce entonces una pareja genético simbiótica perfecta que no puede resultar en otra cosa que en la cura de la señora.

Pero en las últimas horas ha surgido un tercer grupo que aboga por la literatura mutante. A sus adeptos no les preocupa tanto el origen como el presente. En este sentido, se declaran estudiosos de la transformación y el cambio, sin dejar de señalar la diferencia sustancial que los separa de los evolucionistas: para ellos, el cambio no es necesariamente progreso, sino que se trata de una transformación ineludible para sobrevivir, y punto. Una serie de ejemplos avalan su palabra: el Facundo mutó en La novela de Perón, El capital se transformó en No Logo, y Amalia, en Lolita.

Queda claro que si bien el origen es oscuro la literatura de algún modo ha pervivido hasta nuestros días y deberá continuar.
Es tarea de todos y cada uno garantizarlo.

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La Autora: Belem, Brasil, 1963. Integrante de la familia crítica franco-guaraní Cericet. Investigadora de temas relevantes, esotéricos y catadora. Publicó: Tengo una idea (revelaciones, 1968) y El chino expiatorio (ensayos compulsivos, 2004).

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