El escritor contemporáneo es como el surfista desbocado que, al encontrar una buena ola, intenta mantenerse en ella incluso si la corriente lo está llevando contra un peñasco. Éste parece ser el itinerario de Enrique Gordon Gordon, autor de los inesperados sucesos de ventas: «Cómo redactar una novela quiropráctica», «Poesía y profilaxis» y ahora la obra que es objeto de esta humilde reseña, «El canon a la luz de la proxemia».
En éste, su último libro, Gordon Gordon abusa de una idea que es tan sencilla como rutilante: el canon literario debe entenderse como un diagrama de Venn, y una vez plasmado el diseño de globos y grupos, podrán analizarse los corros, patotas, parejas, divorcios y asociaciones que estructuran el estado actual de la literatura argentina.
La proxemia (estudio de las distancias en el entramado social y la interacción humana) es aquí el escalpelo que usa Gordon Gordon para viviseccionar su corpus. Así, marca una primera división de dos grandes subgrupos: escritores que se visitan en sus casas versus escritores que se visitan en lugares públicos. ¿Habrá escritores que no se visitan? Para Enrique Gordon Gordon parecería que no.
No quiero abusar de la paciencia del lector ni arruinar el suspense de este ensayo tan particular, pero me siento impelido a comentar algunas de las siguientes divisiones en el canon literario: escritores que imponen distancia mediante mal aliento, escritores que no besan pero abrazan al saludar, escritores que esperan manosear a sus lectores (junto a escritores que esperan ser manoseados por sus lectores y, en medio, la amplia, amplísima intersección conformada por los escritores que esperan manosear y ser manoseados por sus lectores), escritores que sólo sonríen en privado, etc.
En el apartado final del texto, Gordon Gordon da una muestra de su flamante herramienta repensando algunas de las figuras de nuestro Olimpo, ese campo de concentración donde se mandan a guardar aquellos nombres que ya no pueden dar miedo a nadie. Según su sorprendente análisis María Elena Walsh es más importante que Rodolfo Walsh por el simple hecho de seguir viva, y Soriano -que tocó la puerta del canon pero no llegó el portero para abrirle-, escondía sus falencias estilísticas tras su mullida panza (”el simpático sobrepeso es siempre efectivo para disimular que se escribe mal”, sintetiza Gordon Gordon). En definitiva, un texto curioso, ridículo por muchos momentos y, lo más perturbador, verídico e irrefutable por otros.
Atreyu Zamboni
El Autor: AZ nació en Nazareth, en 1955. Vivió reiteradas veces en Argentina (1963, 1973, 1984), hasta que se radicó finalmente en la ciudad de Mar del Plata, en 1989. Crítico literario y poeta ameno. Co-editor del magazín poético marplatense Atardecer y mate. Editor de manuales escolares.

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