Domingo Hicken nace en La Florida en 1862, cuando todavía este territorio forma parte de los efímeros Estados Confederados de América -abatidos 3 años después por los yankees-. La Guerra de Secesión es el turbulento contexto en el que el pequeño Domingo crecerá -un mundo atormentante que se debate entre el Bien y el Mal a cada momento-.
Como resulta evidente, Domingo es descendiente de españoles por parte de su madre y de ingleses por parte de su padre. De doña Dominga Herralde hereda la fe católica, y de Bertrand Hicken su afán por las matemáticas.
A la tierna edad de 4 años compone cuatro irregulares versos de carácter religioso
«God and Evil
are two things.
We must know them
to be forgived.»
que muchos años después reconocerá como el primer paso hacia la comunión entre los extremos aparentemente opuestos de su espíritu.
«Murmurando ese poemita, recordé la honda impresión causada por mi padre cuando -orgulloso porque había compuesto en su inglés y no en el español de mi madre- se dedicó una tarde completa a enseñarme los rudimentos de la métrica, para luego conducirme, sigilosamente, como por un sendero maravilloso y tranquilo, hacia el paraíso de la matemática.» (en De Gethsemani a La Trappe, 1921)
En 1877, Domingo ingresa en el monasterio trapense de Gethsemani, Kentucky; el mismo que casi un siglo después albergará al famoso poeta nicaragüense -de espíritu abiertamente opuesto a San Nélido- Ernesto Cardenal.
Allí refuerza su amor a Dios, y el gusto por compartir la vida monacal lo lleva a una nueva pasión que vinculará definitivamente los dos polos de su alma: la enseñanza.
Durante años, Domingo escribe sonetos, limericks sobre episodios de la Biblia y una veintena de vidas de santos en verso, con el objetivo de crear una literatura pregnante, sonora y amigable para los jóvenes seminaristas que rehúyen de los textos demasiado extensos.
Al mismo tiempo, estudia matemática y se interesa paulatinamente por alcanzar fórmulas que, para decirlo sin ambages, lo expliquen Todo.
Con ese plan, en 1889, decide viajar a Europa para visitar distintos monasterios. Se ha puesto en la búsqueda de un mítico manuscrito del siglo XII, Matematique Religieux, que según le han transmitido, demuestra la existencia de Dios mediante fórmulas matemáticas. Domingo cree encontrarlo en La Trappe, el monasterio francés del que precisamente es originaria su orden, los trapenses. Pero el texto resulta un fraude: a poco de andar, Domingo desiste de la lectura porque encuentra todas y cada una de las refutaciones posibles a sus postulados. (Amén de que el manuscrito parece en realidad un cúmulo de garabatos en pluma con no más de 200 años.)
Desahuciado, regresa a los Estados Unidos y se instala en una modesta capilla de Albuquerque, Nuevo México.
Allí se dedica a esparcir la palabra de Dios entre la comunidad, siempre preocupado por alcanzar los espíritus más esquivos a la fe cristiana: los jóvenes.
En el invierno boreal de 1911, tiene lugar un episodio epifánico que le valdrá a Domingo el reconocimiento futuro.
Una mañana, dando el Catecismo, el padre Domingo Hicken exclama a los jóvenes que lo escuchan:
-¡Quiero que sean santos y grandes santos!
Un adolescente acostumbrado a cuestionarlo todo, masculla:
-Padre, ¿no le parece pedir demasiado?
-¡No! -responde el cura- La santidad no es un lujo, sino un deber y un compromiso de familia. Dios lo quiere: “¡Sed santos, porque yo soy santo!”. Todo hijo ha de imitar a su madre. Nuestra madre es la Inmaculada, la santa. Por eso debemos ser santos.
-Pero ser santo ¿no es algo engorroso? -insiste el joven.
A diferencia de otras veces, en que cada pregunta de este púber desacatado lo irrita y debe controlarse para no blasfemar, el padre Hicken está tranquilo, hasta feliz. Una sensación de seguridad lo invade y las turbulencias de su mente -agitada por tantos años de catolicismo- dan paso a una claridad inesperada: Domingo -como contará más tarde a todo aquel que quiera oír su relato de este momento único- está inspirado por el mismísimo Dios.
Tranquilo y beatífico, se dirige a todos y cada uno de los presentes con una sonrisa:
-No, muchachos, es lo más sencillo y fácil. ¿Tienen una tiza? Pues bien, aquí sobre el pizarrón voy a escribir la Fórmula de la Santidad. ¡Cómo es de simple!
Domingo avanza feliz hacia su destino (el pizarrón) y con firmeza escribe: v = V = S.
El hato de jóvenes católicos lo observa extrañado. Entonces explica, amable:
-Es apenas una ecuación. La v minúscula es nuestra voluntad. La V mayúscula es la Voluntad de Dios. Cuando estas voluntades chocan, es el dolor, el sufrimiento. Cuando estas dos voluntades se identifican, cuando nuestra voluntad se identifica con la de Dios, es la Santidad, es la paz del corazón. ¡Que sencillo es! ¿Verdad?
La noticia de que había sido descubierta una Fórmula de la Santidad corre como reguero de pólvora en el mundo católico norteamericano y de allí fluye hacia las congregaciones más remotas del ambiente hispánico y la Europa católica -en particular los países del Este-.
En Polonia, ya en la década del 20, un cura llamado Raimundo Kolbe, retoma la historia y la hace propia (luego de vivir inmensos martirios -y en realidad sólo gracias a eso- este cura será canonizado como San Maximiliano Kolbe).
Al mismo tiempo, un mexicano, el padre Carlos Fuentes decide ocupar su vida en convertir a Domingo Hicken en santo de la Iglesia Católica. Pero su propuesta de canonizarlo como San Nélido (interpretable como “San Lúcido” o “San Iluminado”) basándose en su “heroísmo intelectual” y el milagro de haber recibido la Fórmula de la Santidad vía inspiración divina no tiene éxito. La respuesta del Vaticano, amable y escueta, afirma que «…la llamada Fórmula de la Santidad es un gran argumento retórico que, en honor al humilde padre Hicken de Albuquerque, exhortaremos sea utilizado en la enseñanza de la fé católica a lo largo y a lo ancho del mundo.»
Sin embargo, el padre Fuentes no se resigna. Continúa con su tarea beatificadora hasta el último día de su vida y gracias a él, hoy es posible sostener que San Nélido de Albuquerque es -a la manera de los santos anteriores a 1234 (año en que el papado decide reservarse el derecho de admisión y permanencia)- un verdadero santo popular entre la curia docente.

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