Se sabe: para aplicar como santo, hay que intervenir en por lo menos uno o dos milagros, y desarrollar una vida de martirio y/o heroísmo.
Alberto Ponce lo hizo todo, y desde pequeño. Cuando apenas contaba con 5 años de vida, se le apareció la Inmaculada y ésta le anunció que iba a ser mártir, mostrándole dos coronas, la blanca de la pureza y la roja del martirio. Betito, sin dudar un instante, escogió ambas.
Cómo fue a parar a un internado alemán es algo que todavía se estudia. Particularmente, porque este hecho ocurrió en 1932, época rara para exportar niños argentinos a Berlín, como no fuera metafóricamente, y sólo tras merecer una prenda. Lo cierto es que Alberto Ponce creció en aquella Alemania tumultuosa que nadie alcanza a comprender y, como es habitual, su espíritu católico, mezclado con el nacionalsocialismo y lecturas oblicuas de Engels, dieron como resultado un férreo objetivo de convertirse en santo, sumado a una constante desubicación espaciotemporal.
Tan es así, que la Segunda Guerra Mundial lo sorprende en un viaje de estudios al Japón, y en una callejuela del puerto de Kobe, la Inmaculada se le presenta por segunda vez en su vida. Flotando frente al maravillado Alberto, le acerca un gran espejo de forma oval. Beto puede ver sobre su cabeza aquellas dos coronas de su niñez, la roja y la blanca, fundidas en una sola corona rosada como las rosas de color rosado.
En cuanto la visión se desvanece, Beto comprende qué lo ha llevado hasta esa remota isla del Lejano Oriente. El mensaje es claro para él: debe convertir Japón al cristianismo, fundir sangre nueva con la blanca fe católica. Es la única salida para que este país crea en la paz con Occidente.
Sin embargo, Alberto responde a la Iglesia de la Alemania nazi, la cual no parece muy interesada en fomentar paz alguna con la Triple Alianza. A pesar de esto, Ponce se las ingenia para conseguir fondos, con el argumento de que los japoneses, una vez cristianos, serán mejores aliados de Alemania.
En un principio, su participación en la Segunda Guerra se limita a prestar ayuda en un sanatorio, adonde llegan cientos de soldados japoneses bastante maltrechos, derrumbados anímicamente por no haber muerto liquidando al enemigo. Alberto trata de consolarlos, pero su japonés es verdaderamente mediocre. En 1944 regresa a Alemania y visita por primera vez un frente de batalla. Allí -según sus biógrafos, confundido acerca de los motivos de la guerra-, arenga a los soldados alemanes con el siguiente discurso: «Trabajar, sufrir y morir caballerescamente, y no como un burgués en la propia cama. Recibir una bala en la cabeza, para sellar el propio amor a la Inmaculada. Derramar valientemente la sangre hasta la última gota, para acelerar la conquista de todo el mundo para Ella. Esto les deseo a ustedes. Y me deseo a mí mismo. Nada más sublime puedo augurarme y augurarles.»
En ese preciso momento ocurre lo excepcional, que sumará a los dos milagros ya acumulados el heroísmo y el martirio anunciados por la Virgen:
A pesar de la extranjería y la falta de entrenamiento militar, el general a cargo de la tropa arengada, viendo cómo a Beto se le encienden los ojos frente a los regios fusiles de los soldados, apenas terminado el speech, le entrega un arma y un equipo completo. Alberto Ponce siente que su camino está hecho y acepta con gallardía la empresa de ser un soldado alemán.
Como era de esperarse, muere al día siguiente, acribillado a balazos mientras intenta destrabar su Gewehr 43, al tiempo que atiende a un soldado de nacionalidad ignota.
A pesar de que su plan de cristianizar el Japón queda rápidamente en el olvido, su leyenda circula por las iglesias de toda Europa hasta llegar a los oídos de un joven que inicia su carrera eclesiástica. Ese joven -el Papa actual- lo canoniza en agosto de 2006 como San Wilfredo, nombre de origen germano que significa «pacificador decidido».

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A bird in the hand is worth than two in the bush
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