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Vidas de Santos V: San Jerónimo Soffici o El santo doble

En el año 1234 se impone, como es sabido, la facultad exclusiva de la Iglesia para designar quién es santo y quién no. 302 años después, una mujer impura de Firenze (Italia) da a luz un niño al que bautiza como Leonardo.
La mujer, deseosa de encontrar su lugar en el Reino de los Cielos y arrepentida de sus pecados, mete a su hijo en un monasterio y ruega para que algún día los Cielos quieran convertirlo en Santo. Nunca se supo más sobre aquella mujer.

El niño crece fuerte, bello y devoto. En el monasterio de Sancti Hieronimus, a orillas del Adriático, se dedica a servir al obispo diocesano, y se educa bajo la tutela del padre Mario Soffici, con quien mantiene una discreta pero intensa relación homoerótica.

En el invierno boreal de 1552, los recursos del monasterio escasean, y el obispo tiene una idea: gestionar su propio santo con el fin de atraer peregrinos y donaciones al monasterio.

Lo conversa con su favorito, el padre Soffici, y ambos acuerdan en que el joven Leonardo es el candidato perfecto: desconocido en el mundo y casi huérfano, será fácil crear una biografía ejemplar con ese muchacho.

El obispo comienza a tramitar entonces, junto con el “postulador de la causa”, el padre Soffici -hacen falta dos personas para iniciar el proceso-, el título de Siervo de Dios, primer paso hacia la canonización.

El detalle es que para iniciar esta clase de procesos, el sujeto a ser canonizado debe estar muerto. Esto no resulta un problema, ya que el obispo y el padre Soffici se limitan a mentir en el informe sobre la vida de Leonardo, supuestamente muerto en medio de un acto de heroísmo martirizante.

La mentira sale bien, y el Papa de entonces (Julio III, el famoso “Papa gay”) otorga el decreto Nihil Obstat («nada obstaculiza» el proceso de canonización) y todos contentos.

Ya para la beatificación -el paso anterior a la canonización- el padre y el obispo tienen que pensar una estrategia más sofisticada, porque entienden que es preciso un milagro obtenido a través de la intercesión del Siervo de Dios.

Así es como por medio de amorosas exhortaciones el Padre Mario insta al joven Leonardo a realizar una aparición milagrosa en la cúpula más alta del monasterio. Pero algo sale mal y Leonardo cae los 27 metros que lo separan del suelo.
Para los monjes y los pocos fieles que por allí pasan, esto es un milagro (Leonardo ha caído hacia la parte trasera de la torre, por lo que todos creen que sencillamente se esfumó en el aire).

El Padre Mario corre a socorrerlo, pero es en vano: Leonardo ha muerto estrellado contra el suelo. A pesar de la profunda desazón que lo embarga, el religioso acepta la orden del obispo de ocultar el cuerpo y continuar con la pantomima.

Al poco tiempo, gracias a esta “aparición milagrosa”, el Papa gay concede la beatificación. Pero el padre Soffici no está contento, la culpa lo embarga cada segundo de su vida. En más de una ocasión le confiesa al obispo el deseo de suicidarse. El obispo diocesano hace oídos sordos a las protestas y reparos del padre, e insiste en terminar el proceso de canonización, sobre todo teniendo en cuenta los primeros buenos resultados que ha dado el funesto “milagro”: algunos cientos de peregrinos y un considerable aumento en las ofrendas.

Por otra parte, el obispo está hinchado las guindas con el llanto permanente del padre, porque si mientras el joven Leonardo vivía, las visitas a su alcoba eran contadas con los dedos, ahora directamente han desaparecido.

Al mismo tiempo, la indolencia del obispo exaspera al padre Soffici, mientras las arcas se llenan y cada vez más fanáticos se acercan al monasterio con la esperanza de recibir la bendición del Beato Leonardo.

Una mañana de octubre de 1553, durante la misa, el padre Mario Soffici -frente a cientos de peregrinos, monjes y fieles de toda calaña y extracción geográfica- se sacrifica por la aparición de Leonardo: clavándose una y otra vez un puñal en el abdomen repite su nombre con rabia.

El padre se desangra en el altar, pero nadie hace nada. Un ambiente extraño -como una amenaza de Lo Inminente- paraliza a todos en un presente absoluto y denso (algunos teóricos llaman a esta experiencia “percepción mística de lo Histórico”).

-¡Leonardo! -grita por última vez el padre Soffici, con la voz ronca y desahuciada.

Un rumor sordo se entrevera por entre faldones pesados y columnas; y una brisa agria antecede a la aparición de Leonardo que flota por encima del cuerpo exánime del padre. La belleza de Leonardo agrega al momento un cariz erótico, que pocos monjes evitan advertir. Y mientras todos lo observan sin otro deseo más que el de poder observarlo eternamente, el Beato sana las heridas del padre Soffici.
Cientos de ojos no parpadean durante todo el minuto que tarda en atravesar la nave principal hasta la puerta, para desaparecer sumergiéndose en la madera.

La congregación está exultante -no todos los días se asiste a un milagro de esta calidad- y repite una sola idea rotunda: «Leonardo es un Santo».

La excitación pasa, los días también y el padre Soffici vuelve en sí. Tras reiteradas amenazas de excomulgación por parte del obispo, el cura acepta seguir con el proceso de canonización del, todavía, Beato Leonardo.

Pocos meses después del verdadero milagro, llega la noticia de que Julio III declaró santo a Leonardo, bajo el nombre de San Jerónimo, en honor al monasterio (esto último, claro, a pedido del obispo). El padre Soffici muere inmediatamente después de recibir la noticia.
El monasterio se hace famoso. Es el comienzo de una era de opulencia en Sancti Hieronimus, a orillas del Adriático.

En 1556, el obispo idea su última gran obra: escribe la «Vida de San Jerónimo Soffici», en la que tergiversa los hechos para construir una hermosa y confusa historia en la que el padre Mario y Leonardo-San Jerónimo son dos almas gemelas que se brindan protección, «y por eso en la figura de un solo Santo están los dos».

Como es evidente, el nombre actual del Santo lo componen el monasterio (Hieronimus) y el padre Mario Soffici. Así, borrando su nombre de la hagiografía, el obispo se venga de aquel joven que le dio a su monasterio la gloria, pero le quitó a su vida el amor.

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